Inicio Foros Debates CABA “ALCANZA SIEMPRE CON TENER LA RAZÓN? NO, SI NO SE TIENE LA CAPACIDAD DE CONVENCER A LOS DEMÁS”.

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      Manuel Castilla
      Superadministrador

      Aportes para el debate
      congreso nacional del gen 18/12/2021

      Quisiéramos dar inicio a este documento con una reflexión en modo de pregunta con su respuesta incluida: “alcanza siempre con tener la razón? No, si no se tiene la capacidad de convencer a los demás”.

      Tal vez nos aporte y sirva como un elemento importante para el análisis, sin la pretensión que por si misma constituya una verdad sin matices, y porqué no además, como disparador para el debate de lo actuado por nuestro partido en los últimos años.

      Como introducción al desarrollo de este texto, el reciente informe del observatorio de la deuda social de la uca nos da un marco para contextualizar la situación social y económica de la argentina luego de más de una década de creciente desencuentro político, lo cual constituye de alguna manera la génesis del deterioro socioeconómico del país. Hay un dato relevante que surge de este informe: récord histórico de argentinos que trabajan e igual son pobres (28,2%), dejando para el análisis el impacto negativo de la incontenible suba de precios, que compensó cualquier proceso de reactivación y la creciente intervención estatal a través de los planes sociales. El dato objetivo es que en la última década las condiciones socioeconómicas empeoraron. Se estima que se necesitarían 400.000 empleos nuevos por año y una reducción sustancial de la inflación para poder salir recién en 2030 del cuadro actual de degradación social signado por una mayor desigualdad y precariedad laboral.

      Otros datos:

      • El empleo exhibió en la última década una oscilación entre el estancamiento y la caída. Luego del pico de la pandemia y la cuarentena, hubo una recuperación parcial, pero de puestos de trabajo de mala calidad: el 47% de los trabajadores no tienen vinculación con el sistema de la seguridad social. Además, en los hogares pobres hay una alta tasa de empleo precario o desocupación. Por otra parte, crece el “efecto de desaliento”, por el que menos personas salen a buscar trabajo por causa de la falta de oportunidades. Sólo uno de cada tres trabajadores ha podido mantener en el último trienio una situación de empleo pleno.
      • En materia de pobreza, si bien hubo desde 2020 una leve caída, fue muy poco significativa, pese a la recuperación del empleo, por lo ya mencionado respecto a la tasa de inflación.
      • La autopercepción de los ingresos marca que se empobreció la clase media con capacidad de ahorro: solo el 8% de la población tiene capacidad de ahorro y corresponde a los sectores medios y profesionales.
      • Respecto a los programas sociales, un dato alarmante: el 44,7 por ciento de la población vive con un programa social. La cobertura de la asistencia estatal es del 33,8%, contra el 33,4% del último año del gobierno de Mauricio Macri, lo que demuestra que la retórica oficial que apunta mostrar que hubo una mayor protección social no se verifica en las cifras.
      • La infraestructura social mejoró en la última década, con una mayor cobertura de los servicios públicos, pero este fenómeno no impidió un incremento en la desigualdad social. Solo el 28% de los hogares viven sin ningún déficit en materia de cobertura educativa, médica, de servicios y nutricional. En particular, por el extenso cierre de las escuelas durante la pandemia el deterioro de cobertura educativa fue importante.

      Datos que por si mismos objetivan una situación socioeconómica que va camino a transformarse en endémica y, como se expresó en líneas anteriores, reconoce como génesis y motor de su desarrollo el desencuentro político persistente y por ende las dificultades para implementar políticas públicas que trasciendan a los gobiernos de turno, en un contexto de una clase política que muchas veces se habla a si misma y está más interesada en la confrontación que en el consenso.

      Pasando al papel de nuestro partido, es posible afirmar que la postura sustentada por el gen durante todo este período de dicotomía política extrema de ubicarse y sostenerse por fuera de la grieta, refugiándonos en nuestros valores llegó a un punto de inflexión que hizo eclosión en este último año. Diversos actores políticos que supieron compartir nuestras experiencias electorales fueron terminando, más tarde o mas temprano en uno de los polos antagónicos; y a su vez los sectores de la sociedad que reconocían como válida y auténtica esta postura, incluso algunos aún sin cambiar de opinión respecto a la mencionada polarización extrema, fueron dejando de considerarnos como alternativa política, tal cual lo fuimos percibiendo no sólo en el mano a mano de nuestros militantes en la calle o en la interacción a través de las redes sociales, sino a través de los resultados electorales, y su consecuencia más directa: la cada vez menor participación institucional de nuestros representantes.

      Pero el atesoramiento de valores, principios y convicciones no debe ser un fin en si mismo y también debe dejar paso a la reflexión, a modo de ejercicio dialéctico interno de cada uno de nosotros para luego trasladarlo al conjunto de nuestro espacio. Apelando a la tríada dialéctica de hegel (tesis, antitesis y síntesis) como las tres fases de un proceso evolutivo que se repite a si mismo en búsqueda de la verdad, podemos intentar desentrañar el porqué de que si pensamos tener la razón la sociedad dejó de acompañarnos en la búsqueda de la verdad. Será que no teníamos razón, o tal vez si la teníamos pero la sociedad quería otra cosa. Y si es así, no sería lógico pensar que una gran parte de la sociedad aún sin menoscabar nuestras creencias y pensamientos, entendió que las prioridades del momento eran otras ? Tal vez entonces nuestras prioridades no fueron las mismas que las de ese sector que dejó de vernos como alternativa y ello es lo que nos debe interpelar profundamente.

      Tomando como tesis nuestras convicciones y creencias, y como antitesis los valores que los sectores de la sociedad que nos acompañaban empezaron a priorizar, nos restaría encontrar una síntesis que nos permita poder seguir interpelando a esos sectores de la sociedad (e incluso a otros que no nos tenían en consideración) sin renunciar a nuestros principios. Y ese es el desafío.

      Pero para semejante tarea primero es necesario comprender cuál es la génesis de nuestro desencuentro con la sociedad (asumiéndolo como parcial, no definitivo ni inmodificable). La corrección en el planteo que la grieta termina siendo un lastre para cualquier proceso de progreso social y económico y sólo redunda en el deterioro del papel de la política en los procesos de cambio amerita una reflexión en la caracterización de dicha grieta. Definirla meramente como de carácter político y/o ideológico tal vez sirvió para los dos polos actores de la misma, pero no sirvió para nosotros, y tampoco para la sociedad, y quizá aquí está el centro de la cuestión. Cada vez resulta más evidente que la clase política va por un camino y la sociedad por otro, y en ese recorrido cada vez más divergente, los políticos en vez de hablarle a la gente terminan dialogando entre ellos mismos. Dicho esto, una definición exclusiva del carácter político/ideológico de la grieta sólo sirve a quienes se retroalimentan de ella: núcleos duros minoritarios de uno y otro lado que se autoerigen como abanderados de su causa, y así se entra en una lógica perversa: cuánto más duras y excluyentes son las posiciones, más poder interno congregan.

      Sin embargo, este año un sector importante de la sociedad se manifestó en las urnas y quizá no lo hizo mayoritariamente fundado en ese análisis. Tomando en cuenta las dos coaliciones mayoritarias, y dejando de lado las expresiones auténticas de la derecha ultra liberal y la izquierda clasista más las cada vez más acotadas falsas terceras opciones que se presentaron a elecciones a nivel nacional, no es posible pensar que todos los que votaron a la coalición opositora a nivel nacional tienen un sesgo más de derecha y pertenecen a las clases más acomodadas económicamente que los alineados alrededor del pj; basta con ver la estructura de la pirámide social de la argentina para darse cuenta que con los votos de los sectores más altos de la pirámide no alcanza para ganar una elección.

      A su vez quienes forman el núcleo dominante de la coalición gobernante no son los auténticos representantes de un progresismo ficticio que agitan en su relato paralelo de la realidad desde hace casi dos décadas. Cuán a favor de los sectores más humildes de la sociedad puede estar una coalición gobernante sustentada básicamente en los gobernadores cuasi feudales de algunas provincias (muchas de ellas convertidas en inviables económicamente por ellos mismos y sostenidas a base de la coparticipación y de la discrecionalidad de los atn), en dirigentes sindicales millonarios enquistados en sus gremios y en los más rancios exponentes de los municipios del conurbano bonaerense (denominados oportunamente como los barones del conurbano), y cuya conductora sigue siendo alguien cuyo principal objetivo es la impunidad en las múltiples causas judiciales que tiene; y en medio de todo esto, los infaltables ceos de la pobreza generando través de las inumerables organizaciones que gestionan, el sometimiento y la opresión de los más humildes a través de las formas más viles de clientelismo político.

      Dando contexto a este panorama, las estructuras partidarias de los partidos mayoritarios tal cual los conocimos desde el retorno a la democracia ya no son capaces de contener a sus votantes y a partir del pacto de olivos empezaron a dejar de ser expresiones capaces de afrontar con éxito por si mismos los desafíos electorales, y mucho menos gobernar. De esta forma, de una política electoral de partidos políticos pasamos a una política de frentes o coaliciones que se arman, desarman y rearman las veces que sea necesario haciendo de la pérdida de identidad una constante. Es así como llegamos a los últimos procesos eleccionarios con dos grandes coaliciones, una estructurada alrededor de una figura carismática acompañada por un núcleo duro con características de secta, y sostenida con una retórica de relato divergente de la realidad y con una lógica de amigo / enemigo que termina concluyendo indefectiblemente que la culpa siempre la tiene otro, no haciéndose cargo jamás de sus propias acciones. En el lado opuesto, otra coalición construída alrededor también de una figura cuya imagen es seguida más que nada por ser percibida como antagónica a la anterior, y sobre la cual sobrevuelan a modo de justificación política determinados valores que hacen más a cuestiones institucionales (república, independencia de poderes, libertad), potenciados más por el marketing que por la acción, pero que en definitiva resultan suficientes para que un sector importante de la sociedad considere que alcanzan como para justificar su adhesión.

      La posibilidad que estos dos esquemas se cristalicen y se perpetúen en el tiempo, con alternancia o sin ella, era una posibilidad cierta, siempre y cuando no se dieran en el propio seno de ambas coaliciones procesos de cambio dialécticos que las lleven, para mejor o para peor, a encontrar procesos de síntesis diferentes.

      En el caso del actual gobierno, tras un primer semestre donde parecía que los efectos de la crisis sanitaria mundial daban lugar a un equilibrio de poderes dentro del oficialismo entre las tres patas que lo conformaban y hacían emerger una figura presidencial más proclive al diálogo y al consenso que al sectarismo excluyente de una de sus facciones, se da paso a un giro en el cual se empieza a incorporar una agenda que responde más a los requerimientos y creencias del núcleo duro kirchnerista que a las necesidades de la sociedad. Comienza así un proceso de deshilachamiento de la figura presidencial, promovido más desde adentro de la coalición gobernante que desde la oposición, lo cual, sumado a las fallidas actitudes propias, terminan por desdibujar completamente la imagen presidencial, culminado todo la semana siguiente a las paso en una situación de intento de vaciamiento del gobierno y cuasi autogolpe. Como corolario, una figura presidencial totalmente devaluada y el desplazamiento del eje de la coalición gobernante hacia el núcleo duro kirchnerista.

      En lo que respecta a la coalición opositora, el proceso interno de cambio se dio de otra manera. Se consolidó durante el gobierno anterior un esquema estructurado alrededor de su principal figura, que asumió tal papel y lo ejerció hacia dentro a modo de unicato, no sólo cuando le tocó gobernar, sino también a la hora de las decisiones electorales, tomando el rol de gran elector y llegando a ser determinante a la hora de elegir candidatos, cerrando más el espacio y bloqueando cualquier posibilidad de ampliarlo en cualquier sentido que no le fuera absolutamente afín. Sin embargo, a partir de 2019 se empezó a dar un proceso por el cual ese papel principal y excluyente de una sola figura da paso a la aparición de otros actores políticos que comienzan a tomar papeles protagónicos y que le dan al espacio una impronta de multiplicidad de referentes y consecuentemente, del inicio de una mayor amplitud hacia sectores antes no integrados. Como corolario, quien lideraba la coalición dejó de ocupar la centralidad del espacio, y sin dejar de ser importante, tuvo que compartir dicha centralidad con quienes pensaban que era imprescindible ampliar la alianza.

      La grieta, entendida como una división binaria y maniquea de la sociedad argentina entre kirchneristas y antikirchneristas, ha constituido y constituye un enfrentamiento de carácter político y cultural, signado por una alta dosis de irracionalidad, prejuicio, intolerancia y fanatismo. Muchos coinciden en dar como momento inicial de esta dicotomía entre los años 2007, cuando Macri es electo jefe de gobierno de la ciudad de buenos aires, y 2008, con la denominada “crisis del campo”, a partir de un fogoneo permanente por parte del kirchnerismo, tratando de instalar en la sociedad la lógica de amigo / enemigo. Sin embargo, la traducción en términos electorales de la grieta recién empieza a considerarse a partir de 2015. Desde allí hacia adelante, todo fue una espiral ascendente de antagonismo e intolerancia, que lejos de atemperarse con el tiempo, se renovó ante cada acto eleccionario.

      La postura de nuestro partido desde el comienzo de esta dinámica fue de no formar parte de ninguno de los dos polos y buscar crear consensos en torno a una posición prescindente de tal polarización. Los resultados electorales en las primeras elecciones para diputados a partir de 2007 no fueron tan trascendentes en la sumatoria de votos en el orden nacional, aunque bien en algunos distritos en particular si lo fueron (16,5% en el 2007 en PBA formando parte de la CC-ARI, logrando el espacio tener bloque propio de diputados nacionales; 21, 5% en el 2009 en PBA formando parte del acuerdo cívico y social, encabezando margarita stolbizer la lista de diputados nacionales). Sin embargo, la constante en una línea de tiempo desde el 2007 ha sido la imposibilidad de sostener alianzas con los mismos sectores políticos, y estos han ido cambiando de elección en elección, más que nada por decisiones propias ajenas nuestro accionar, lo cual contribuyó de alguna manera a una cierta confusión respecto a la forma que nos percibe la sociedad, la cual ya empezaba a dar señales claras de su preferencia por opciones de polarización extrema.

      La grieta se fue convirtiendo en impiadosa con quienes transitan fuera de ella electoralmente, aún en las elecciones de medio término. Sumado a ello, cada vez fue más evidente la adopción por parte de algunos distritos de otras políticas de alianzas, lo que, al margen de los resultados puntuales de algún caso, terminó por contribuir a restar identidad a nuestro partido y a que la sociedad nos fuera dejando de acompañar, más allá del reconocimiento personal hacia margarita.

      En lo que respecta a nuestro distrito, fuimos siempre consecuentes con los marcos políticos sugeridos desde la conducción nacional y priorizamos las estrategias de conjunto más allá de la coyuntura distrital. Sin embargo, cada nuevo marco electoral (sobre todo las dos últimas) nos impactó en términos de identidad, con pérdida de militantes y afiliados, independientemente de los resultados electorales obtenidos.

      Este cuadro de situación relatado, donde se permitió que cada distrito tuviera el marco de alianzas que considere apropiado, si bien siempre tuvo la sana intención de preservar la unidad partidaria aún a costa de una uniformidad de criterios, en la medida que se perpetúa en el tiempo puede llegar a interpretarse como un tacticismo excesivo, y llega un punto en que se vuelve como un boomerang y comienza a conspirar contra las posibilidades de crecimiento partidario.

      Llegado este punto es donde se trata de encontrar una explicación a la pregunta / respuesta del comienzo. En este sentido, y mirando retrospectivamente, tal vez haya sido un error otorgar el carácter de exclusivamente político/ideológico a la grieta, porque un sector de la sociedad no lo percibe necesariamente en esos términos, sino que le da una caracterización más de tipo moral y ético. Y esto nos lleva a pensar que la fractura actual de la sociedad es de tipo ético y moral. Esto no quiere decir que a la inmensa mayoría de quienes adhieren a uno de los polos antagónicos no les importan estos valores; tal vez en ellos pesan más las creencias de su núcleo dominante y los dejan en un segundo plano, y ahí definitivamente entran en juego los liderazgos y su capacidad de convicción.

      Entendiendo esta nueva caracterización de la grieta, restan considerar otras circunstancias que ayudan al replanteo. Una es la ya descripta dinámica que tomó el sector nucleado en la oposición, dejando a un costado esa especie de liderazgo único y dando paso a la nueva perspectiva que se abre con la aparición de una suerte de esbozos de liderazgos múltiples, cuyo resultado se vio en las paso, donde la presencia de más de una lista en los principales distritos potenció electoralmente la alianza. Y la otra, que no es menor, es la aparición en escena de nuevos actores políticos en un primerísimo plano y su aporte no sólo cuantitativo sino también cualitativo, ampliando y enriqueciendo la coalición, el caso más emblemático el de pba. Apariciones que no sólo refrescan desde su trascendencia personal y profesional, sino también desde renovados discursos, donde aparecen apelaciones a una épica distinta y se renuevan paradigmas que parecían ya dejados de lado por la política; donde el contenido de las propuestas pasa a tener otra vez importancia, y donde se busca sumar desde la diversidad apostando a políticas de consenso más que de confrontación.

      Dicho esto, se presenta la posibilidad de participar integrando un espacio político que se muestra más abierto y permisivo a nuevas ideas y pensamientos, y es allí donde se cierra el círculo. Porque de qué sirve tener buenas ideas si no tenemos un ámbito institucional donde desarrollarlas ? Este es el nuevo desafío: conseguir más espacios institucionales para trabajar y gestionar con nuestra agenda; con nuestras creencias, con nuestras ideas, valores y pensamientos y con las convicciones que alimentan nuestra militancia, en el convencimiento que ser progresista es sostener con acciones, gestos y conductas las ideas y valores de la igualdad, la equidad y el progreso social. Aspiramos a construir representación y poder para estimular el desarrollo integral de toda la sociedad, aportando a la modernidad productiva, inclusiva, solidaria y sustentable, estimulando los consensos y respetando la pluralidad. Nuestra agenda de temas y la acción son el valor de nuestro aporte en tiempos electorales y en la siempre presente vocación de gobernar la argentina.

      La posibilidad está presente. No es tarea sencilla, pero será nuestro desafío concretarla.

       

      Presidente GEN CABA, José Luis Ludueña
      Secretario General GEN CABA, Eduardo Addesso

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